
Testimonio de fe en medio de la persecución cristiana
Cuando escuchamos noticias de cristianos perseguidos, comunidades quemadas, templos destruidos, personas encarceladas por el simple hecho de creer en Cristo, uno podría preguntarse, ¿Dónde está Dios?. Sin embargo, si nos acercamos a esos testimonios, descubrimos algo sorprendente: En medio de la violencia, hay una fuerza y una paz que no son humanos. Hay alegría, perdón, esperanza. Y eso es un escándalo para el mundo.
— 2 Corintios 4, 8-10
Eso lo viven hoy, miles de hermanos. El sufrimiento es real, pero más real aún es la presencia de Cristo en medio de ellos. Jesús nos lo advirtió con honestidad: “Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Jn 15, 20). Y nos dijo algo que hoy parece una locura: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10, 28)
El mundo puede quitarte muchas cosas: el trabajo, la libertad, incluso la vida, pero… No pueden arrancarte de las manos del Padre. Esa certeza es la que sostiene a los mártires.
Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que, después de ser azotados por anunciar a Jesús, los apóstoles salían gozosos de haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús. ¿Cómo es posible alegrarse después de una paliza? Porque ellos descubren que su sufrimiento los configura, los hace unirse con Cristo crucificado. No están solos, él sufre con ellos y en ellos. Y eso les basta.
Hoy, la persecución no solo se da con sangre. Hay también una persecución blanca: burlas en la escuela, discriminación en el trabajo, presión para callar la fe en espacios públicos. Tal vez tú no arriesgues la vida, pero sí la reputación o la aceptación de los demás. En esos momentos, el corazón se juega con fidelidad. ¿Me avergüenzo del Evangelio o doy testimonio con serenidad y amor?
— Apocalipsis 2, 10
La fidelidad es la respuesta del amor. Los mártires no son héroes solitarios, son hombres y mujeres enamorados de Cristo, que descubrieron que él vale más que todo. Y su sangre, dice la tradición, es semilla de nuevos cristianos. Donde el mundo intenta apagar la fe, ésta se expande con más fuerza.
Contemplar a nuestros hermanos perseguidos nos sacude de una fe cómoda, rutinaria, que a veces se reduce a costumbre. Nos preguntan con su vida: ¿tú por quién serías capaz de sufrir? Y al mismo tiempo nos enseñan a no responder al odio con odio, sino con perdón.
Hay testimonios impresionantes de familias que perdonan públicamente a los asesinos de sus hijos, de comunidades que reconstruyen su iglesia más hermosa que antes, de jóvenes que, tras ver morir a sus padres, deciden consagrar su vida a Dios.
Hoy, al mirar estas historias, no lo hagamos como espectadores lejanos. Ellos son nuestra familia. Sufre el mismo cuerpo de Cristo del que tú y yo formamos parte. Pidamos por ellos, sí, pero también pidamos su intercesión para que nuestra fe tibia se caliente, para que dejemos el miedo y vivamos con la valentía de quienes saben que, pase lo que pase, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
Autor

Músico y predicador católico de El Salvador. Diplomado en Teología Pastoral. Estudios musicales: Centro Nacional de Artes de El Salvador (CENAR). Mi pasión es evangelizar. 1 Cor 9, 16
